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VOCACIÓN EN LA UTOPÍA: recuerdo de Gregorio Peces-Barba

 

Hace unos meses, Eusebio Fernández García, catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad Carlos III de Madrid, me entregaba uno de sus escritos para España Constitucional (1978-2018), Trayectoria y Perspectivas en el que se le encargó dibujar un breve retrato de Gregorio Peces-Barba. Desconozco si la elección de entregarme un escrito sobre esa figura en concreto fue intencionada o mera casualidad, pero a la medida que iba conociendo los aspectos fundamentales que imbricaron su vida aumentaba el interés hacia el Gregorio maestro, intelectual y político. 

A menudo se reduce la descripción de Gregorio Peces-Barba a la de ponente constitucional, Padre de la Constitución de 1978 o Presidente del Congreso, hitos sin duda memorables para la vida de cualquiera, más aún de una persona con vocación de servicio público, pero que no permiten una adecuada aproximación a su recuerdo; quedando simplificada la personalidad dual de un personaje que se esforzaba por conjugar la figura de maestro y la del político, la universidad y el poder. 

Resultaría imposible hablar de Peces-Barba sin tratar de entender su pasión por el Derecho. Durante su vida escribió multitud de ensayos, libros, artículos y lecciones que mostraron su vasto dominio sobre la materia, haciendo hincapié en los derechos fundamentales. El interés por la justicia le vino desde la cuna, más que por tener un padre jurista, por tener un padre preso, lo que le permitió reconocer la injusticia desde la niñez y adquirir una firme conciencia democrática, y de rechazo a las imposiciones y fanatismos. 

Años después Peces-Barba encontró en el Derecho, no solo una fuente de interés académico y profesional, sino una forma de oposición al régimen franquista a través de su labor de defensa ante el Tribunal de Orden Público y los tribunales militares. El destino o la casualidad quiso que mi familia fuera testigo de una de sus actuaciones en defensa de mi primo Fernando Sánchez Pintado ante un tribunal militar por cargos políticos. 

Sin comprender esta primera parte difícilmente se podría concebir de manera exacta la formación de sus convicciones políticas, o más bien, su vocación.

Es difícil describir la ideología de una persona, pese a que acostumbramos a catalogar a las personas con rapidez -e incluso ligereza- o ver cómo otros lo hacen, la ideología no es más que el marco que mejor se adapta a nuestros principios morales pero que se modifica también por nuestras vivencias, prioridades, dudas y hasta miedos. Si bien la ideología de una persona es esencial para describirla no debería serlo para reducirla, o dicho de otro modo, el mismo error cometería si para hablar de Gregorio Peces-Barba omitiera su afiliación socialista y su ideario socialista reformista, como errado estaría limitarse a verlo como <<otro político socialista>>. Son las dudas, los énfasis y las críticas lo que a mi entender diferencian al intelectual del político, y por lo tanto a Peces-Barba de la mayoría de sus compañeros de partido, de la mediocracia, en palabras de Alain Deneault, que asola nuestra política.

Y quizás, esta diferencia cualitativa es lo que permitió a Peces-Barba mantener esa constante relación con el mundo académico, el conocimiento y la universidad; como catedrático y más adelante como rector fundador de la Universidad Carlos III de Madrid, pese a estar sumergido de pleno en la vida política institucional. 

La sensación que queda tras echar la vista a atrás, hacia personajes como Gregorio Peces-Barba, es la añoranza de la política al servicio de lo público, de la política que se ocupa de lo importante en vez de estar supeditada a lo urgente, y sobre todo de la política de altura con contenido dialéctico, que prioriza la ideología sobre el pragmatismo y la rentabilidad electoral, y da significado a la palabra parlamento, lejos de aquellos que en la actualidad la convierten en un lodazal. 

Caer en la conclusión de la dicotomía entre vieja y nueva política no es afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino constatar que los nuevos tiempos no son necesariamente buenos, por nuevos que sean. Salimos de un periodo de recusación de la vieja política y de entre las fisuras de un fragmentado parlamento encontramos tres partidos con más edad de la que creen. 

Al final la nueva política era esto; una paradoja, líderes políticos jóvenes, que, enredados en el pragmatismo, nunca han estado más lejos de la utopía. 

 

 

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