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TRABAJO DIGNO Y ESTABLE: una misión imposible para los jóvenes españoles

España, desde hace mucho tiempo, encabeza la lista de países de la Unión Europea con mayor tasa de paro juvenil. Al cierre de 2020 registraba una tasa de 40,13% de desempleo entre los menores de 25 años, varios puntos por encima del segundo país en la lista, Grecia, que notificó un 35%. En este contexto, Alcanzar el 6,1% de Alemania parece una utopía.

La mayor tasa de paro juvenil en España desde el año 2002 se alcanzó en 2012, en lo peor de la crisis. Por aquel entonces había un 54,8% de menores de 25 años en activo sin trabajo según datos del INE. Desde entonces, los datos habían ido mejorando poco a poco hasta llegar al 30,5% del tercer trimestre de 2019. Sin embargo, la llegada de la Covid-19 y la paralización de la actividad económica volvieron a disparar los datos hasta el 40,44% del tercer trimestre de 2020.

                                                                     Creación propia a partir de datos del INE

 

Si bien esta crisis también está afectando al resto de países de Europa, en España la situación es mucho más grave que en el resto de la eurozona. Francia, con establecimientos de ocio cerrados durante varios meses, uno de los grandes sectores donde trabajan estudiantes, tan solo acumula un 23,4% de paro entre los menores de 25 años. Portugal, que comenzaba a enfrentarse a los peores momentos de la crisis de la Covid-19 en su país al acabar 2020, cerró el año con un 22,5% de sus jóvenes sin trabajo. Alemania, que también ha paralizado la actividad, tenía solo un 6,1% de desempleo juvenil. Cifras muy por debajo de las de España que dejan ver los problemas estructurales existentes en nuestro país. 

Aunque la mayoría de los políticos han olvidado esta realidad y no llena horas de debates en el Congreso, no deja de suponer un problema para los jóvenes que terminan sus estudios y solo encuentran ofertas precarias en ámbitos que no son para los que se han formado y sin ninguna estabilidad. Existe un requisito que se repite en todas las ofertas de trabajo de todos los portales de búsqueda de empleo: la experiencia mínima. En el mejor de los casos pedirán un año de experiencia en el cargo ofertado, aunque lo más habitual es que oscile entre los dos y los cuatro. Sin embargo, muchos jóvenes se repiten la misma pregunta: ¿cómo voy a tener experiencia si nadie me da la oportunidad de empezar a ganarla? 

Y aquí aparecen muchos oportunistas que ofrecen a los jóvenes un puesto de becario, por supuesto sin remuneración económica ni cotización a la Seguridad Social, a cambio de ganar experiencia. Pasado un tiempo, si gustan demasiado a su jefe algunos tienen la oportunidad de conseguir un puesto en esa empresa. Sin embargo, son una minoría comparados con los que no ven oportunidades de cobrar y comenzar a cotizar en esos puestos “para coger experiencia”.

 

¿Qué opciones les quedan a los jóvenes?

Ante esta situación, una opción para muchos jóvenes es emigrar en busca de oportunidades laborales y un buen sueldo. Es decir, el Estado ha invertido una gran cantidad de dinero en la formación de una persona que llegado el momento de empezar a trabajar y aportar beneficios a la sociedad se ve en la obligación de marcharse a otro país donde le ofrecen un puesto de trabajo de aquello para lo que se ha formado, un buen sueldo y estabilidad. 

Es lo que tantos científicos, sanitarios e ingenieros han tenido que hacer los últimos 10 años y cuyas consecuencias hemos visto reflejadas durante la crisis sanitaria de la Covid-19. Con los hospitales saturados y sin personal sanitario suficiente echábamos en falta a todas aquellas enfermeras y médicos que trabajan desde hace años en Reino Unido, Alemania y otros países europeos. Cuando no teníamos respiradores suficientes y dependíamos de los que nos vendieran otros países nos habría gustado tener aquí a todos los ingenieros que se marcharon por falta de oportunidades. Ahora que las vacunas disponibles no cubren la demanda nos acordamos de todos los científicos españoles que están investigando un posible antídoto contra el coronavirus para otros países. 

La gran mayoría de los que optan por quedarse en España se enfrentan a la precariedad y trabajos para los que están sobrecualificados con tal de tener un sueldo. Su estancia en trabajos temporales hasta que encuentren algo de lo suyo acaba prologándose más de lo deseado y muchos terminan por resignarse y asumir que nunca trabajaran en el aquello que deseaban. A pesar de estar cansados de escuchar que estudiando y esforzándose conseguirían un buen puesto de trabajo y ciertas garantías en la vida, la mayoría acaban descubriendo que no es más que una mentira y que acaba influyendo más la suerte que la formación. La suerte, en muchos casos, de haber nacido en una familia adinerada y que sus padres tengan empresas propias y muchos contactos. 

Por otro lado, están los que se deciden a opositar. No era su intención cuando entraron en la carrera, pero ante la falta de oportunidades valoran un puesto fijo con estabilidad. La generación Z que sale ahora al mercado laboral ha vivido primero la crisis de 2008 y luego la del coronavirus, por lo que es de entender que valoren un sueldo a final de mes asegurado pase lo que pase que emprender su propio negocio o trabajar para una empresa que no les da ninguna garantía. 

Emprender a día de hoy es casi una historia de fantasía. No siendo que dispongas de un buen colchón familiar, conseguir el dinero necesario es muy complicado e inaccesible para muchos menores de 25 años. Por no hablar de que abrir un negocio en plena pandemia mundial es casi misión imposible teniendo en cuenta las medidas restrictivas a las que se van a enfrentar desde un primer momento y lo difícil que van a tener recibir ayudas al no haber obtenido ingresos en el año anterior. 

 

Las consecuencias de la precariedad juvenil

Al no encontrar trabajo, y en el caso de hacerlo que no sea estable, muchos jóvenes retrasan el momento de independizarse. Irse de casa de sus padres es impensable cuando ganan 900 euros al mes y los alquileres de hoy en día en ciudades como Madrid y Barcelona están desorbitados. El precio medio del alquiler en la capital supera los 848 euros. Siempre está la opción de compartir piso y pagar 400 euros por una habitación y un baño a medias con alguien que no conoces, pero, aun así, gastos de transporte, facturas y alimentación se llevan la otra parte del sueldo. 

No se independizan ni tampoco comienzan su vida. Irremediablemente, acaban por retrasar también el momento de tener hijos hasta tener cierta estabilidad y los medios económicos necesarios e incluso renuncian a la paternidad. Esto no hace más que acentuar la baja tasa de natalidad en España e invierte la pirámide poblacional nacional. En este factor también influye el hecho de que muchas chicas, cuando por fin consiguen un trabajo decente y estable, temen perderlo si se quedan embarazadas. 

A pesar de lo dramático de esta situación a la que se enfrentan muchos jóvenes, no es protagonista de ningún debate en el Parlamento ni al nivel nacional ni al autonómico. Durante la campaña electoral de Cataluña para el 14-F ningún candidato ha hablado de este problema ni propuesto soluciones, a pesar de que en la región la tasa de jóvenes sin trabajo supera el 38%. Ni tan siquiera para hacer promesas electorales se acuerdan de este problema

Desde el Gobierno central tampoco han anunciado un paquete de medidas para paliar esta situación y dejar de ser los líderes europeos en desempleo de menores de 25. Hace unas semanas, el presidente Pedro Sánchez aseguró que el paro juvenil es “inaceptablemente alto” y que el Gobierno estaba trabajando en la mejora de la empleabilidad a través de la Ley Celáa. Sin embargo, hasta que veamos si las medidas adoptadas a través de este reglamento son efectivas van a pasar varios años en los que casi el 40% de los jóvenes en activo no encuentren trabajo. 

Y, aun teniendo en cuenta este panorama, son más los artículos de los grandes medios que romantizan la dura situación laboral de muchos jóvenes o les culpan de no esforzarse lo suficiente para conseguir un trabajo que los que analizan este problema que empieza a ser crónico en nuestro país. 

¿Nadie va a pensar en la generación Z?

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