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RUANO, una ausencia

En los años 60 la oposición al franquismo en el interior del país la protagonizaban de manera exclusiva el movimiento obrero y los estudiantes. Los grupúsculos universitarios, formados por aquellos que resistieron la tendencia al apoliticismo impuesto por el régimen, consiguieron constituirse durante esta década en una de las principales fuerzas debilitadoras del franquismo, que se veía obligado a cerrar facultades durante meses, formar brigadas de policía universitaria y desarrollar contra los estudiantes todo tipo de estrategias represivas.

 

Son los años de las huelgas en Vizcaya, del mayo francés y su reflejo en la contestación estudiantil en las universidades de Barcelona, Sevilla y Madrid. La presencia de las Fuerzas de Orden Público en las aulas se convertía en algo cotidiano.

En este contexto es detenido y asesinado en custodia policial Enrique Ruano Casanova. Pese a que los detalles de su muerte son escasos y ambiguos, fruto de los montajes y manipulación policial para eximirse de responsabilidades, la teoría del suicidio quedó demostrada años más tarde como altamente improbable. Tres policías, bien de forma premeditada y dolosa o como producto de su crueldad y trato inhumano, lanzaron a Enrique a la muerte a finales de enero. Uniendo su nombre al de Manuel Moreno Barranco o Rafael Guijarro, también defenestrados por el franquismo.

Enrique es un símbolo para muchos de nosotros, aunque nuestra edad nos distancie mucho de su corta vida y muerte. El 20 de enero, en una España aún en blanco y negro, se convirtió en uno más de los aciagos días en los que la represión privaba de la vida a cualquier opositor.

Una represión que golpeó a un estudiante luchador e idealista. Que no se arrodilló ante la dictadura, pero al que tampoco satisfaría la democracia actual; su compromiso era con la dignidad, que sólo concebía en una sociedad nueva.

 

Matando a Enrique, no pretendían únicamente arrebatarle la vida, sino las ideas. De esta manera nos golpeaban a todos, impidiéndonos pensar como hombres libres.

 

Ya no hay, es cierto, tanta hambre ni penurias; hoy hay más amparo, pero esta patria aún no ha erradicado ni la miseria ni la incertidumbre social. No ha desaparecido el compromiso de enfrentarnos a una España que en muchos aspectos sigue sin merecernos y nos exilia. Teníamos que pensar en su valentía al enfrentarse a un sistema sádico y criminal. Y alejarnos, por él y por todos, de la pasividad para encontrarnos con la dignidad.

Si pudiéramos escoger patria, elegiríamos la suya. La que él quiso, que fuera justa e insobornable.

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