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ROJO Y AZUL

Las elecciones norteamericanas ocupan horas de tertulias televisivas y llenan las redes de apuestas, opiniones, memes y simuladores. Es natural semejante nivel de expectación, pues su resultado, sea cual fuere, marcará gran parte de la agenda política internacional. Pero parece que nos hemos olvidado del segundo gigante económico, al otro lado del Pacífico, que también influirá en dicha agenda y se convertirá en el dolor de muelas del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

China acaba de diseñar su XIV Plan Quinquenal, con vistas económicas hasta 2025 y una base estratégica para su desarrollo hasta 2035. En palabras del secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, “la economía china es prometedora y tiene potencial para mantener desarrollo estable a largo plazo”. Mientras Europa y EEUU todavía trabajan por controlar la segunda oleada de contagios, y su economía pasa por el peor de los escenarios, desde Pekín se apuesta por la modernización de su industria y el bienestar colectivo, con el objetivo de reducir la pobreza y disminuir las desigualdades entre el campo y la ciudad.

Hemos de reconocer el simbolismo de dicho acontecimiento. La presidencia de Donald Trump ha sido complicada para el gobierno chino, dando como resultado una auténtica guerra comercial entre ambas potencias. Es de suponer, a priori, que una victoria de Joe Biden sería la opción preferida de Xi Jinping. Sin embargo, el interés de China sobre EEUU no reside tanto en el candidato, sino en cómo este se enfrentará a su auge. Y es ahí donde encontramos las dos grandes diferencias entre la propuesta demócrata y republicana, que no solo responde a las rivalidades económicas de ambos estados, sino al papel de la pequeña y mediana burguesía de los Estados Unidos.

Más allá de las diferencias en cuanto a la cultura social e ideológica que hay entre ambos candidatos (el progresismo demócrata frente al ultraconservadurismo del Tea Party que ya domina al Partido Republicano), lo que sirvió para la victoria de Donald Trump en 2016 y lo que sirve ahora para la polarización de la sociedad norteamericana, no es más que el choque de intereses de la propia burguesía.

Joe Biden se presenta como el gran defensor del libre mercado, con un enfoque globalista y aperturista de la economía, y que ve en Europa un aliado para hacer frente a la amenaza de China. El Partido Demócrata puede considerarse el representante del socioliberalismo al que aspira el establishment y las grandes masas empresariales. Donald Trump, en cambio, es la personificación del proteccionismo económico. Si bien rechaza la intervención del Estado en la economía, y su programa fiscal pretende la reducción del gasto social, al mismo tiempo trata de proteger a la pequeña y mediana empresa norteamericana desde las instituciones estatales. Su alternativa a China no es la globalización, sino la protección de la industria norteamericana, ya no solo ante el gigante asiático, sino ante antiguos aliados como Europa (por ejemplo, la política arancelaria que afectó al viejo continente y al mercado chino). Esta actitud reaccionaria invita, irónicamente, a un mayor protagonismo del gobierno chino ante un mercado internacional con un líder ausente.

Ambas posiciones son ejemplo del choque de intereses de la burguesía, pero siempre da el mismo resultado: sea cual sea la política económica, China crece y la pequeña burguesía norteamericana se hunde. Y esto no es algo nuevo. De hecho, recuerda bastante a lo que ya advertía Vladimir Lenin en 1916, cuando publicó su texto Imperialismo: la fase superior del capitalismo. En el se analiza desde el materialismo histórico la transformación del capital y la muerte del libre mercado ante la monopolización de diversos sectores económicos. El siglo XXI, y con el auge de las nuevas tecnologías dominadas por auténticos monstruos empresariales, da fe de la naturaleza del capitalismo. Allí donde la pequeña burguesía agoniza, crece el gran monopolio, y no hay forma de evitarlo. Estados Unidos tiene los días contados como líder mundial, ante un Estado como China que ha entendido la dinámica del capitalismo y que ve inminente su victoria frente la potencia occidental. A priori, una victoria de Biden daría un respiro a Occidente y podría retrasar el liderazgo asiático, a fin de retomar las alianzas clásicas entre Europa y EEUU. Pero es cuestión de tiempo. Gane quien gane, la victoria sigue siendo del capitalismo.

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