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Mayo del 68: el arte al servicio de la revolución

Fue en mayo de 1968 cuando obreros y estudiantes cuestionaron como nunca se había hecho el orden capitalista en Francia, encendiendo una mecha que se extendió a otros rincones del planeta. Se inicia un movimiento revolucionario, que pone contra las cuerdas al capital en todas sus expresiones. Lo hace a través del cuestionamiento cultural, estético y moral, y para ello se sirve de los últimos resquicios del movimiento surrealista, llevando una renovación de las costumbres y las artes.

El movimiento Dadá se remonta a principios del siglo XX, surgiendo de las cenizas de la Primera Guerra Mundial. Con la publicación de André Bretón del “Manifiesto Surrealista”, se enarbola como una corriente defensora de la búsqueda del subconsciente, dejando una puerta abierta a la imaginación y el deseo. Con representaciones azarosas e irracionales, sus artistas llegan al cenit de la creación desfigurada.

FRANCE. Ile-de-France. May 1968.
Paris. 5 arrondissement. Devant la Sorbonne. 25 mai.

Una de las consignas asumida durante esta época por los artistas de esta corriente fue: “Transformar la vida y cambiar el mundo” llevando así una combinación de las proclamas de Marx y Arthur Rimbaud, poniendo al arte al servicio de la revolución. Fue su naturaleza cosmopolita la que lo postergó a los círculos comunistas y existencialistas, que a mediados de la centuria apoyaban a la Unión Soviética y, rechazaban a Estados Unidos, donde además había surgido un nuevo movimiento: el expresionismo abstracto. Pero, es sin duda su participación en el debate cultural durante la guerra de Indochina y Argelia, y la revuelta de mayo del 68 la que lleva a los artistas a una mayor participación en los círculos estudiantiles.

El surrealismo, desde el prisma político, implica rechazar el racionalismo ilustrado, siendo el arte un arma de rebelión social. Priman en él el mundo onírico del mito y las culturas primigenias, la dialéctica del amor y el deseo. Su intento fallido de introducirse en panorama partidista de 1927 con su “Manifiesto por un Arte Revolucionario e Independiente”, firmado por André Breton junto con Trotsky, sienta las bases de lo que será su implicación años más tarde, apoyando la rebelión colectiva proletaria servida del arte y la literatura como instrumentos individualizados.

Por tanto, el arte acompaña, forma parte de la acción política, no queda bajo la sombra de la propaganda, sino que transfigura y altera la misma.

Sirviéndose de los escritos de Freud entre el sueño y el deseo reprimido, la idea del arte se alza como como actividad liberadora, retando a la razón y la represión, principales pilares de las sociedades civilizadas. Siendo un arma de liberación de los instintos, con la intención de generar una conciencia colectiva a partir del contacto entre el artista y el espectador.

Es durante el sesentayochismo cuando se retoma la idea surrealista de cambiar en un mismo acto el mundo, trasformando, desde la crítica a lo cotidiano, a la estética y a la moral, el rumbo de la sociedad. La cartelería, gran instrumento movilizador durante los actos revolucionarios de las décadas anteriores, resurgió, dando lugar a una confluencia entre la propaganda política y, la renovada creatividad y experimentación de los artistas. La publicación en el número de marzo de L´Archibas de una imagen que captaba el destrozo policial de una clase en la Universidad de París-Nanterre fue una de las mayores contribuciones a la causa, aunque también fue importante el apoyo a los movimientos que se estaban gestando en Cuba y el denominado “Black Power”, proyectando así la búsqueda de la libertad desde el arte.

En el agitado mes de mayo francés, mientras los obreros tomaban las fábricas y coordinaban la lucha, los estudiantes de arte y artistas rescataban la vanguardia de entreguerras representando, en carteles que quedan adheridos a los muros de la Sorbona, la censura a una cultura burócrata capitalista, liderada por aquel entonces por De Gaulle. El Atelier Populaire De la Facultad de Bellas Artes de París fue el centro neurálgico de operaciones, donde se instaló la maquinaria de cartelería, rescatando las consignas escuchadas en las asambleas y centros de trabajo y plasmándola en pasquines de masiva elaboración y difusión. De esta forma, a su vez, se colectivizaba el trabajo creativo, anonimizándolo, rompiendo con la dialéctica capitalista que impone la obra como un producto individual que permite elevar la figura de artista a genio.

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