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LAS VOCES DE LAS SILENCIADAS

“Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”

Estas fueron las palabras de la activista dominicana Minerva Mirabal a quienes le advertían de lo que ya era un secreto a voces: el régimen de Trujillo la mataría.  Las Mariposas, nombre con el que se recuerda a Minerva y a sus hermanas, asesinadas un 25 de noviembre de 1960 tejieron el rostro humano de la tragedia generada por un régimen violento que no aceptaba la disidencia y que bien retrata Mario Vargas Llosa en su obra La Fiesta del Chivo.  El asesinato de estas tres mujeres marcó un antes y un después en la historia del país, generó un movimiento de  repulsa desde todos los ámbitos de la sociedad civil, la inseguridad de las mujeres como  uno de los motivos que llevaron al conocido como “ajusticiamiento” de Trujillo. 

La violencia de género, sí de género, no doméstica como algunos la quieren denominar, como lacra de la humanidad que convive con nosotros, que moldea nuestras sociedades, y que crece cada año. Asesinar a una mujer por el hecho de serlo, como actitud cainita de nuestros compañeros. Violencia de género como categoría que va más allá, basada en  un problema cultural y social construido históricamente y sustentado por lógicas de poder que lo avalan, se cobra la vida de miles de mujeres al año. 

América Latina es una de las regiones más afectadas, con mayor incidencia y que, como consecuencia de la impunidad de los hechos, ha llevado a una categorización del problema con el nombre de feminicidio. Marcela Lagarde, política y activista mexicana, planteó la misma como herramienta de análisis que permitiera desvelar los factores discriminatorios de la muerte de mujeres, y que consiguiera cuantificar estos crímenes cuya dimensión permanece aún en la penumbra. 

Con cientos de mujeres desaparecidas y miles de cuerpos sin identificar, es difícil saber cuántas víctimas se ha cobrado lo que algunos consideran como epidemia de crímenes que se vienen dando en Ciudad Juárez desde hace décadas. Durante el primer trimestre del 2020,en México fueron más los casos diarios de violencia contra las mujeres (293) que la incidencia de coronavirus (282).

Las víctimas, mujeres de clase baja, conocidas por ser mano de obra barata y cuerpo de explotación no son motivo suficiente para una policía corrupta y una sociedad patriarcal, en donde la salida de la mujer de lo privado al mundo laboral ha generado una rivalidad que se cobra con la vida. 

México no es un caso aislado, otros países como El Salvador o Guatemala registran cifras espeluznantes que nos hacen plantearnos qué falla dentro del sistema.  En el caso de Guatemala, después de catorce años tras la firma de los Acuerdos de Paz y en plena transición, la seguridad de la población y en particular de las mujeres se plantea como un problema de estado.   Las prácticas de represión y violencia contra las mujeres que se dieron durante el conflicto armado influyen en la situación actual, prueba de ello es la crudeza con la que aparecen muchos cadáveres.  

El feminicidio ocurre cuando el Estado no da garantías a las mujeres, cuando no crea unas condiciones mínimas para su seguridad, de esta forma el Estado se vuelve cómplice de estos delitos. Por omisión, por inacción se ataca a sí mismo. 

La fuerza y la lucha de nuestras compañeras va más allá, plantando cara a la violencia de género, luchando por la igualdad de oportunidades y el derecho a reinar sobre su propio cuerpo. En una situación crítica en donde los cimientos institucionales de muchos de estos estados han temblado, acompañados de grandes protestas como las dadas en Chile contra el Gobierno de Sebastián Piñera, se ha encendido una mecha de empoderamiento femenino creando un movimiento diverso y potente que recorre todos y cada uno de los países, tiñendo de lazos verdes y morados sus calles. 

Décadas más tarde de aquel 25 de noviembre de 1960 y en un escenario incierto de crisis sanitaria, social y económica, nos enfrentamos a otro 25 N. Incapaces de verbalizar esa sensación de nudo interno que nos corta el habla, que nos eriza la piel y nos embota el cerebro. El sentido común y la experiencia llevan siglos reivindicando que la mujer es más que un cuerpo disponible, más que el elemento que sujeta la frágil arquitectura de la vida, disponibles siempre para que la rueda gire, para que el mundo siga con o sin nosotras, pero siempre a nuestra costa.  

Con la voz como única arma, con el grito hermanado de las que no están, este día no saldremos a las calles para reinvindicar lo que es nuestro por derecho pero que cada día nos arrebatan, la vida.

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