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LA SOCIALDEMOCRACIA Y LA SUBORDINACIÓN AL CAPITAL

El pasado mes de enero, en plena ola de frío y de nieve que sacudió la península, vimos el gran revuelo que se produjo por el aumento disparado del precio de la luz, llegando a alcanzar los 94,99 euros el megavatio-hora (MWh). A finales del mismo mes, sin embargo, el precio cayó un 98,5% hasta 1,42 euros el MWh, y a inicios de febrero ya había vuelto a subir por encima de los 50 euros MWh.

Ante esta montaña rusa de precios, y la alarma que se prendió en los barrios por el aumento de la luz en uno de los periodos más fríos de los últimos años, Podemos puso sobre la mesa una (im)posible nacionalización de alguna de las empresas eléctricas con la “maravillosa” idea de que pudiera competir en el mercado con las demás. Sin embargo, cuando hablamos de nacionalización de empresas, debemos plantear qué tipo de Estado es el que administrará esa empresa, y el modelo que defiende Podemos es el Estado del Bienestar; esto es, la administración socialdemócrata de un Estado capitalista.

Debemos recordar, llegados a este punto, que el Estado no es en absoluto un ente neutral que sirve al conjunto de la sociedad por igual, sino una institución que nace hace miles de años junto con la división de clases, como herramienta de las clases dominantes para intentar mantener el statu quo y defender su propiedad, y se ha ido desarrollando a lo largo de la historia hasta formarse los actuales Estados modernos.

Si los Estados existen por y para la defensa de los intereses de la clase dominante, ¿a qué intereses responde el actual Estado moderno? A los capitalistas, los de la burguesía. Es por esto que, cuando hablamos de nacionalización de una empresa, debemos recordar algo de lo que Marx y Engels ya nos advirtieron hace mucho, y es que el Estado moderno no es más que un consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

Si bien una nacionalización por parte del gobierno podría actualmente tener algún impacto positivo sobre los consumidores, no deberíamos pasar por alto que los grandes beneficiados serán los nuevos administradores de esa empresa, en detrimento de los antiguos; en definitiva, cambia de las manos de unos capitalistas a las manos de otros.

Y aunque nos pueda parecer que la solución pase, precisamente, por esta transferencia de la gestión de una parte del sector productivo de los “malvados” capitalistas del sector privado a los “buenos” capitalistas del sector público, realmente el problema del aumento de los precios en el mercado (o de las malas condiciones laborales, etc.) no viene dado por el hecho de que los empresarios sean malvados, sino por las dinámicas propias que adopta el mercado y que responden al proceso de acumulación del capital. Así pues, si no se rompe con las relaciones de producción capitalistas que propician estas dinámicas, sólo nos encontraremos con numerosas contradicciones, gastos e ineficiencias en estas empresas nacionalizadas.

Desde la izquierda, incluso desde la que representan PCE e IU, el ala más radical de este gobierno “socialcomunista”, se suele defender la nacionalización como un fin en sí mismo, como si fortalecer el Estado fuese una solución, obviando todo lo expuesto hasta ahora. Mientras de boquilla hablan de defender a los trabajadores, impulsan medidas como los ERTES, que, como no podía ser de otra manera, se han acabado convirtiendo en ERES, o impulsan la privatización de las universidades con el nuevo 3+2 de Castells, o rompen sus promesas de acabar con los desahucios, etc.

Podríamos pensar que, pese a que el Vicepresidente (segundo) del Gobierno es de Podemos y que el Partido Comunista de España cuenta con dos ministros, no tienen la suficiente fuerza como para implantar medidas que, al menos, hagan retroceder los derechos de la clase trabajadora con más lentitud.

Sin embargo, nos encontramos con que la Ministra de Trabajo y Economía Social, del PCE, habla de avanzar hacia una “nueva cultura empresarial” con más “diálogo social” para crear incentivos que hagan que los empresarios, que explotan hasta lo irreductible a los jóvenes trabajadores con contratos ultraprecarios, mejoren mínimamente esas condiciones laborales (¡por pura buena voluntad!). Habla de corregir este mercado que, parece ser, no es óptimo, no está bien hecho. Pero, ¿acaso sí lo están los mercados de las grandes potencias, que funcionan “bien” principalmente gracias a su pasado y presente imperialistas?

Todo esto nos deja algo claro: este gobierno “socialcomunista”, por muchos miembros del PSOE, Podemos, Izquierda Unida o del PCE que tenga, no es más que un gobierno socialdemócrata al estilo europeo. Y como socialdemócratas, hablan siempre de “ayudar a los desfavorecidos”, “defender a los de abajo”, etc., sin atacar, precisamente, aquello que empuja a la miseria a la gran parte de la sociedad: la explotación del trabajo por el capital.

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