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LA DEPRESIÓN Y LO POLÍTICO

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, el número de personas que se suicidan al año ronda 800.000. En España, la cifra está en diez fallecidos al día. Además, la OMS alerta de que el 79% de los mismos se producen en países con menores ingresos bajos y medianos. 

Es común asociar esta tasa de suicidios con la depresión; que si bien no es el único motivo que puede llevar a la decisión de poner fin a la vida, supone uno de los principales factores a tener en cuenta. España ocupa el cuarto lugar entre los países de Europa con mayor número de personas que padecen este trastorno. En concreto, según datos de la OMS, en el año 2017 el 5,2% de la población sufría depresión; lo que se traduce en alrededor de 2,4 millones de personas.  Se trata de un problema que merece especial atención; dado que se suele catalogar como “frecuente”, normalizándola a unos niveles que deberían preocupar a la sociedad. Y, por ende, tampoco podemos obviar sus causas. 

Lo cierto es que se tiende a abordar el estudio de la depresión desde postulados biológicos, entendiéndola casi siempre como una cuestión individual y dejando a menudo de lado las explicaciones políticas y sociales que esta podría acarrear. No obstante, algunos pensadores como Foucault y Deleuze pusieron ya el foco en las estructuras de poder a la hora de explicar algunas enfermedades. Siguiendo esa misma línea, resulta interesante mencionar aquí el análisis del teórico y crítico cultural Mark Fisher, más ligado al tema que se pretende abordar.  

Fisher explica en su libro más conocido, “Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?” que “la reducción del trastorno mental al nivel químico y biológico va de la mano de su despolitización”. Y es que lo que el autor británico defendía era la idea de politizar las enfermedades mentales tales como la depresión. Frente a las explicaciones que atienden a factores biológicas y familiares (que se centran a menudo en el caso de familias desestructuradas), Fisher pide pensar también en el poder de la estructura social. No es difícil darse cuenta de que los más afectados por dicha enfermedad son también los menos favorecidos por el sistema. Imaginemos el caso de trabajador en paro que no tiene ni para mantenerse a sí mismo o de la trabajadora que se pasa 10 horas limpiando casas para dar de comer a sus hijos. Numerosos resultados de la Encuesta Nacional de Salud muestran que la depresión prevalece en personas desempleadas y en situación de pobreza. En esta misma línea, en un estudio llevado a cabo por la Escuela Andaluza de Salud Pública se mostró que el 90% de las personas encuestadas (todas ellas habían sido desahuciadas) mostraban patologías de depresión. 

 Algo así ocurre también con la sensación de fracaso derivada de la incapacidad para poner en práctica ese falso ascenso social entre los jóvenes de clase trabajadora que realmente creyeron posible cambiar su condición. Es lo que David Smail llamó el “voluntarismo mágico”. Así, la idea de que cada persona es capaz de conseguir lo que desea lleva, a su vez, a la creencia tan interiorizada de que su “fracaso” es su “responsabilidad”, y terminan culpándose a sí mismos y no al sistema de su malestar; sensación que a menudo puede llevar a situaciones de ansiedad y depresión.  

Fisher va más allá cuando afirma en su obra “Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos” que lo personal en realidad es impersonal. Si tomáramos, pues, esa afirmación como base, entonces entenderíamos que las condiciones subjetivas de cualquier persona son algo estructural y, en el fondo, colectivo.  Y, como toda cuestión social y colectiva, requiere perspectivas y soluciones políticas. De estar forma, podría no ser acertado hablar de responsabilidades individuales a la hora de tratar temas políticos y sociales como los aquí expuestos. 

En resumen, politizar la depresión implica dejar de entenderla como un asunto privado e individual. En un capítulo de “Realismo capitalista” titulado “La privatización del estrés”, Fisher indica que dicha privatización ha supuesto una de las partes clave en un proyecto político que tenía como objetivo “la destrucción del concepto de lo público”.  Lo mismo podría decirse de la depresión. En una sociedad tan individualista en la que se ha normalizado que todo esto pertenezca a la esfera privada de las personas, cuesta imaginar que se pueda cambiar dicha perspectiva hacia una esfera pública. No obstante, no podemos perder la oportunidad de repensar estas cuestiones. 

Tal vez sea el momento, pues, de centrar el análisis en algo mucho más complejo, escapando del reduccionismo a meras cuestiones “personales” y articulando un discurso común. Tal vez sea hora, como Fisher escribió, de convertir la desafección privatizada en ira politizada. 

 

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