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LA POLÍTICA ES COSA DE NIÑOS: la democracia de audiencias

Ahora que se habla de la vuelta al cole, pienso que nuestra política, se parece cada vez más a un patio de recreo con el profesorado de espalda, sin vigilancia alguna. El insulto, la descalificación y la riña son nuestro pan de cada día, en todo recreo, en todos los niveles del espectro político. 

La política española se escribe a golpe de zasca, con lemas para los más fieles y sin atisbo alguno de paz. Incluso, en estos momentos tan complejos y difíciles en los que nos encontramos. Los problemas cada vez son mayores; el número de contagios sube a una velocidad de vértigo, desconocimiento y falta de plan común para el inicio del curso a todos los niveles y peticiones de mando único a la vez que se demanda la cesión de competencias a las CCAA. Nuestra política son titulares, revanchismo político, falta de miras y un comportamiento que además de ser infantil es vergonzante, cutre, soez, bochornoso e incluso peligroso.

Las últimas medidas en la “nueva normalidad” no son del todo eficaces, no hay atisbo de mirada larga y sosegada. A finales de agosto el ministro de Universidades, aún de vacaciones, no había realizado comparecencia alguna, la Comunidad de Madrid con la mayor incidencia de casos de cov-19 en toda Europa ha reducido las plantillas sanitarias, permitido corridas de toros y aumentado los fondos para subvencionar los estudios en centros privados. Y a pesar de todo a ningún ciudadano le estalló una vena del cabreo por una clase política simplona y peligrosa, cuya gestión provoca muertes. Una clase política que en abril inauguraba monumentos en honor de las víctimas a la vez que mandaba la orden de dejar a los ancianos morir en las residencias. Esto es el resultado de un sistema, de una clase política preocupada por las audiencias y no por sus representados. El peor momento con los peores capitanes al mando.

Uno de los problemas a los que nos enfrentamos en las democracias liberales es la tendencia que la clase política, y por ende, el sistema en sí, toma hacia posiciones de infantilismo político. una clase política que se cree depositaria de la verdad absoluta, que no acepta crítica y debate alguno, que considera que destruyendo al otro construye partido y país, y que más que tener militantes ideológicamente comprometidos, busca una adhesión sin fisura, seguidores carentes de reflexión crítica y personal. 

En nuestra política actual no gobierna  la razón y la sensatez, sino la impulsividad. Espectáculo y horas de televisión, es lo que importa, las ideas colectivas y los proyectos ideológicos reflexivos y discutidos por la militancia se dejan atrás, eso no vende y no da votos. 

La causa de la infantilización de nuestra clase política hay que hallarla en la propia estructura y funcionamiento de nuestro actual sistema político. Todo se sustenta y cabe en un solo concepto;  “la democracia de audiencias”. Bernard Manin fue el primer autor en introducir este concepto. según éste “la democracia de audiencia” surge a finales del siglo XX, al compás de la lógica de los “partidos cártel” y la globalización. Se caracteriza por combinar democracia y medios de comunicación, sirviendo estos últimos como canal entre la clase política y la ciudadanía. Así, el parlamentarismo, la lucha de posiciones políticas y el debate teórico pasan a un segundo plano. Lo clave es tener audiencia, ocupar el mayor número de minutos de  televisión  posibles, los hiper liderazgos y la personificación de la política. 

 

Se produce así un cambio en la relación entre representante y representado, el primero busca protagonismo y si cabe un lugar en el olimpo de los Dioses. El político no transforma, no genera debate ni demandas, tampoco  canaliza las que llegan desde la sociedad civil. Simplemente crítica o apoya las decisiones de los demás partidos. En definitiva, política cortoplacista y narcisista, para tiempos que exigen como poco pensar dos veces las medidas a tomar. ¡Qué podría salir mal! 

 

Otra de las características de las democracias de audiencia es que provoca un culto desmedido al líder. Lo que no es sinónimo de liderazgo. El prototipo de líder que posibilita este contexto es el de un sujeto adorado y divinizado por sus fieles, que más que ser adoradores del propio líder, solo buscan un sueldo y posición. Así, la imagen del partido como un conjunto colectivo y unido se debilita, cogiendo fuerza la visión del partido como la empresa privada y personalista del líder de turno. líderes sin liderazgo, sin sentido de Estado, sin razón de ser, sin más aspiraciones que tomarse un té con la Reina Isabel. 

 La democracia de audiencia, es en resumen la expresión política del propio sistema. Pues, en todo esta realidad, no se nos ha de escapar que lo que realmente subyace bajo todo ello es la construcción de un sistema neoliberal basado en la individualización social, económica y política, lo que permite  desarrollar una  guerra contra el otro, la idea de que solo se gana si se destruye todo lo demás. Se genera así un contexto que no está llamado para solucionar nada, ni siquiera para gestionarlo de la mejor manera posible, sino que su único logro es una lucha constante de insultos y comportamientos infantiles por cuestiones banales sin importancia alguna.

Pero no quiero caer en el comportamiento infantil de echar toda la culpa al otro, en este caso a nuestra clase política. Pues, en última instancia nuestro sistema es reflejo de lo que la sociedad demanda y consume. La política es espectáculo porque la sociedad así lo desea. Nosotros también buscamos el atajo, lo barato y las ofertas del mes, lo fácil. No queremos hacer la digestión, todo lo queremos procesado y servido en la mesa. Sin más obligación que pagar o votar, cuando nos toque.

Y así, sin más esperanza de la ya quemada por lo vivido, comienza un nuevo curso político. Éste bajo un contexto excepcional que llama a la unidad y al acuerdo. En teoría, y sólo sobre el papel, porque nuestra clase política no se dio cuenta aún que ya no están en un patio de colegio, que el recreo ya acabó y que toca volver a las aulas a trabajar, a ganarse el pan. 

 

 

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