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FEMINISMO HEGEMÓNICO: Un cuento de reinas y villanas

Según el Ministerio del Interior, los delitos de odio aumentaron en más de un 6% en 2019. Más de cuarenta mujeres han sido asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas en 2020 (datos de la Delegación del Gobierno). Siete de cada diez personas trans han sufrido acoso por su condición en 2020 (datos FELGBT). Más de quinientas denuncias por agresiones racistas y xenófobas en 2019 (datos del Ministerio del Interior). Con todos estos datos sobre la mesa, uno se pregunta ¿Dónde están aquellas figuras que decían representar el progresismo de banderas moradas y multicolor? La distancia entre las instituciones y los problemas de la sociedad es cada vez mayor. Las fisuras dentro del gobierno se han convertido en un espectáculo digno del peor de los circos, con periodistas frotándose las manos a la espera de la próxima polémica que reviente la audiencia de sus programas y telediarios.

La nueva Ley Trans, que vendría a sustituir la normativa de 2007, ha supuesto la enésima brecha en el gobierno de coalición. Pero esta nueva disputa lleva tiempo gestándose en redes y círculos académicos, solo que ahora ha saltado a los televisores de todo el país como la nueva disputa del gobierno. La posición del PSOE con respecto a la Ley Trans sorprende. En el pasado, los socialistas habían registrado su propio texto, el cual no difería del de Unidas Podemos. Tampoco era muy diferente a las diversas normativas autonómicas que redactó y apoyó en comunidades como Extremadura o Andalucía. Sin embargo, la posición de los socialistas con respecto a conceptos como la autodeterminación de género ha cambiado. También ha cambiado la opinión de numerosos iconos feministas afines al PSOE y al PCE, quienes desde sus círculos académicos denuncian la Ley Trans como la enésima amenaza patriarcal. Incluso se atreven a lanzar boicots contra TVE y a normalizar el ideario de la extrema derecha, no solo contra el colectivo trans, sino contra todo el colectivo LGBT. Nunca nadie imaginó que personas definidas como feministas, comunistas o socialistas pudiesen compartir opinión con partidos como Vox, pero hace tiempo que ciertos sectores de la izquierda han ido tomando posiciones más conservadoras y reaccionarias contra determinados colectivos.

El PSOE es —y ha sido— sinónimo de progresismo. Leyes como el Matrimonio Homosexual o la Violencia de Género llevan su sello, y su influencia se extiende por gran parte del activismo en España. Esta posición les ha permitido marcar el ritmo de las grandes reivindicaciones sociales, colocándose en primera fila y obligando a otros partidos a tomar posición. De este modo, el PSOE estableció las reglas de un juego del que, hasta ahora, siempre había salido victorioso. Pero esta capitanía parece estar en peligro ante el protagonismo de Unidas Podemos dentro del movimiento feminista.

No debió ser fácil para Carmen Calvo entregar la cartera de igualdad, ni tampoco lo debió ser para el partido. Una de las claves de la campaña ideada por Iván Redondo fue, precisamente, el refuerzo del partido socialista como líder del movimiento feminista. La entrada de Vox en las instituciones andaluzas sirvió para configurar un nuevo antagonista en el relato socialista. Un villano que podía hacer peligrar los derechos «que tanto se habían currado las socialistas». De este modo, la partida alrededor del movimiento feminista sólo tenía dos jugadores: Vox y el PSOE. Pero hubo quien pensó que en este tablero cabía un tercero.

Tras el éxito electoral de abril, la formación naranja entró en el debate social. Sin embargo, los acuerdos entre Ciudadanos y Vox no parecían encajar con las demandas del movimiento feminista ni tampoco con el colectivo LGBT. ¿Hasta qué punto era coherente pactar con un partido que niega la violencia de género y, al mismo tiempo, querer erigirse como la nueva vanguardia del feminismo?¿Cómo era posible liderar el movimiento LGBT negociando ayuntamientos y autonomías con un partido a favor de las terapias de reconversión? Era obvio que su reivindicación no podía dar sus frutos, y este baile entre la derecha y el progresismo no podía traerles nada bueno. Inés Arrimadas se presentó ante la ciudadanía con un feminismo liberal para todos, pero la respuesta de la vicepresidenta del gobierno fue clara: no bonita, no. Su posterior expulsión de las manifestaciones del día del Orgullo confirmó el futuro de la formación naranja. Incluso Grande-Marlaska acusó al partido de homofobia (una acusación, a mi juicio, bastante discutible) cuando Ciudadanos quiso pedir explicaciones ante el Ministro del Interior, demostrando así la hegemonía que había construido el PSOE alrededor de los dos grandes movimientos sociales.

Pero el caso de Unidas Podemos es muy distinto. El éxito de la formación morada no puede medirse en términos electorales, sino en cuestiones de poder y relevancia pública. Pese a ser cuarta fuerza política y verse superado por la extrema derecha, no se puede decir que el resultado de noviembre fuese un fracaso para Unidas Podemos, sino todo lo contrario. La única opción para Sánchez era un gobierno de coalición. Y así fue como empezó la amenaza contra la hegemonía socialista. Pocos querían ver a la formación morada hacerse con la cartera de igualdad, pero así pasó. Lo único que le quedaba al PSOE para seguir marcando agenda sobre el feminismo, era tomar posición dentro del propio movimiento. Dicho de otro modo: crear su propio feminismo.

Algo parecido sucedió con otras materias. Detrás de cada disputa entre Iglesias y Sánchez, lo que había en realidad era un posicionamiento; que frente a su militancia, los medios de comunicación y sus propios votantes, siguieran mostrándose como dos partidos bien diferenciados. En ciertos debates como el republicanismo o la tensión territorial es relativamente fácil tomar posición. Pero hacerlo en una materia como  los derechos de la mujer es más complicado, puesto que la línea ideológica entre Unidas Podemos y el PSOE no era, hasta ahora, tan diferente. Debates como la prostitución, la violencia de género, la gestación subrogada o la igualdad salarial son comunes para ambos partidos, y guardan posiciones idénticas al respecto —no así con Ciudadanos, que toma posiciones contrarias a la izquierda bajo su propio ideario feminista—. Pero todo esto termina cuando, por medio del Ministerio de Igualdad, es Unidas Podemos quien lleva la agenda feminista del gobierno.

La historia del movimiento feminista es un relato de discrepancias y antagonismos. Autoras comunistas como Rosa Luxemburgo y Alexandra Kollontai mostraron su desconfianza ante el movimiento sufragista, acusándolas de ignorar los intereses de la mujer obrera y la lucha de clases. Décadas más tarde, Angela Davis, gran icono del feminismo norteamericano en los años 70, denunciaría cómo los problemas de las mujeres negras eran ignorados dentro del propio movimiento feminista, dominado por mujeres blancas. Pero el suceso que más semejanzas guarda con la tensión entre Carmen Calvo e Irene Montero es la historia de Betty Friedan y Gloria Steinem, precursoras de la ERA (las siglas en inglés de la Enmienda para la Igualdad de sexos en EEUU, la cual, por cierto, aún no ha sido aprobada). En ambos casos, nos encontramos con un choque generacional y un liderazgo en cuestión, además de una amenaza externa, la de la derecha antifeminista. Betty Friedan se había convertido en el gran referente del movimiento feminista, pero la llegada de Steinem, veinte años más joven que ella, y la aparición de nuevos movimientos sociales, cuestionó todo el ideario que había construido. Al igual que entre Friedan y Steinem, la diferencia de edad entre Irene Montero y Carmen Calvo es también muy amplia, y el feminismo joven que hoy parece dominar las calles tiene poco que ver con el feminismo de las de antaño, ahora recluido en sitios académicos, conferencias y libros.

Betty Friedan acusó a las mujeres lesbianas de ser una “amenaza lavanda” para el movimiento feminista, del mismo modo que ahora numerosas feministas (entre ellas, la propia Carmen Calvo) acusan al colectivo trans de ser la nueva amenaza para el feminismo. Y no hablo solo de figuras afines al PSOE, sino también desde históricas militantes comunistas como Lidia Falcón hasta iconos del activismo lésbico como Ángeles Álvarez, una de las precursoras de la Ley de Violencia de Género. Son mujeres, por lo general, de mediana edad, con gran trayectoria en el movimiento feminista y estudios en el ámbito jurídico, periodístico o filosófico. Mujeres, a  priori, de aparente perfil intelectual. Todas ellas argumentan un presunto borrado de la categoría “mujer”, y se atreven a jugar con términos como “posmoderno”, “queer” o “transmodernidad” en discursos cargados de odio e ira. Abusan de dichos conceptos sin saber muy bien su significado, pero les sirven para dar cierta autoridad a su discurso, darse aires de intelectualidad con los que justificar sus discursos de odio.  La estrategia sigue siendo la misma; señalar a colectivos vulnerables como sus grandes enemigos para mantener su liderazgo dentro del movimiento feminista. Ya sea a través de redes sociales, conferencias o incluso a través de charlas y coloquios organizados por partidos políticos e instituciones universitarias.

Aquí quiero hacer un paréntesis. Es obvio que no toda la militancia del PSOE, ni parte de sus dirigentes, comparten los posicionamientos de dichas feministas. Activistas transgénero como Carla Antonelli han mostrado su rechazo a las ideas de imperan en gran parte del movimiento representado por Carmen Calvo. Por otro lado, tampoco es que Unidas Podemos esté actuando con mucha responsabilidad. Otra de las leyes que prepara Igualdad, la llamada Ley Zerolo contra la discriminación, habría sido boicoteada por la formación de Pablo Iglesias a través de acuerdos con Esquerra y Más País para evitar su tramitación. Una actitud, sin duda, muy reprochable, y que no hará más que retrasar la gran esperanza de millones de personas.

Son muchos factores los que intervienen. Por un lado, es obvio que el feminismo es hoy una variable electoral muy significativa: el partido que domine el tablero de juego podrá marcar las reglas. Por otro lado, el choque generacional dentro del movimiento feminista enfrenta a las más jóvenes con sus predecesoras, aferradas a sus puestos académicos y de liderazgo. Pero puede que haya algo más: que el problema vaya más allá de las propias instituciones, de la democracia, de los intereses de dos partidos… Hace tiempo que se viene denunciando la realidad del movimiento feminista. La idea transversal que ocupaba los mensajes y carteles de cada 8 de marzo parece perderse en lo que es una constante lucha interna por ver quién dirige el movimiento.

Hay muchas cuestiones sin resolver y muchos problemas que afrontar.  El movimiento feminista, como cualquier movimiento de masas dentro de la democracia liberal, no puede ignorar los antagonismos de clase. Siempre va a haber un choque de intereses entre las distintas demandas de su participantes; y cuando surgen dichos conflictos, las instituciones toman partido, quebrando aun más cualquier posibilidad de avance en derechos humanos. De este modo, la sociedad deja de avanzar, y con ella, la democracia.

 

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