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EXIJO REALIDAD

Estoy harto de personajes LGBT. Son planos, muy dramáticos y asquerosamente guapos. Para colmo de males, su única función es representar (de mala manera) al colectivo, entrando y saliendo de un armario que parece ser el único motivo por el que viven, victimizándose hasta tal punto que parecen perfectos.  Son ángeles incomprendidos, diamantes a pulir llenos de buenas intenciones que los convierten en parodias de sí mismo y de todo el colectivo.

Nos hemos atascado. Algo malo pasa cuando la serie que mejor ha tratado al colectivo LGBT (aun con sus errores, perdonables por los años en los que se emitió) acabó en el 2006. Sí, hablo de Aquí no hay quien viva. Dado su contexto social, es admirable  lo que una de las series de más éxito de la televisión española consiguió en apenas tres años de emisión. Una de las claves  fue, a mi juicio, otorgar la crítica social y visibilidad necesaria sin caer en un victimismo barato, generando empatía por unos personajes imperfectos que vivían las consecuencias de  la LGBTfobia, siendo víctimas y, en ocasiones, hasta verdugos (no olvidemos la bifobia de la que hacía gala Mauri en varios episodios, icónico personaje interpretado por Luis Merlo). Hoy día  es más difícil encontrar una representación así del colectivo.

 

Cuando empezaron a surgir los primeros personajes  LGBT, allá en series de los 90 como Al salir de clase, solían ser gays atractivos y sin pluma. Se buscaba generar cierta empatía con el espectador, otorgándole un personaje que, aun siendo homosexual, entraba dentro de la heteronormatividad que se esperaba de los demás actores. Así, la sexualidad era un motivo de conflicto, de generar un argumento propio a un personaje que todavía podía identificarse con una audiencia generalista. Lo que a priori fue la llave para una nueva generación más  tolerante con la diversidad sexual, pronto tuvo consecuencias  negativas. El lesbianismo, la bisexualidad y la transexualidad quedaron a un segundo plano frente a personajes gays, blancos, por lo general con renta alta y un enorme atractivo masculino.

Poco a poco, guionistas y productores  se atrevieron a introducir personajes  LBT, y los que ya conocíamos fueron evolucionando hacia otro modelo que, aunque  alternativo al macho ibérico ya conocido, seguía buscando el beneplácito del público generalista.

Entre los muchos errores que (por suerte) ya no perdonamos estaba la interpretación de personajes trans por parte de actores cis, así como la hipersexualización de las mujeres y adolescentes homosexuales y la degeneración de las relaciones bisexuales. La audiencia, poco a poco, se ha ido volviendo más y más crítica, exigiendo responsabilidades que hace pocos años hubieran sido impensables. Sin embargo, parece que hemos  echado el freno a ese avance. Hemos creído que un mayor número de personajes LGBT suponía una representación más fiel de la diversidad sexual. Pero no es así.

Cada generación tiene una serie icónica adolescente. Primero fue Al salir de clase; luego, UPA Dance; unos años después, Física o Química. Ahora tenemos dos series que apuntan a ser el programa icónico de la  generación post-millennial. Con apenas unos pocos años de diferencia, Merlì y SKAM parecen haber ocupado ya los corazones de miles de adolescentes que se ven identificados  (o creen verse identificados) con historias de drogas y alcohol, dramas adolescentes, violencia,  intolerancia y mucho sexo. Todo ello, claro está, atado por la idealización y el atractivo físico de sus personajes. Las que a priori parecen ser las dos series con más  diversidad sexual de la historia de la  televisión, caen en el mismo error de sus predecesoras: la simpleza de sus personajes.

Bruno y Pol son ya un icono de las redes sociales. Son la pareja gay más idealizada de la televisión, casi al nivel de lo que fueron Fer y David de Física o Química, aunque mucho peor llevados, haciendo retroceder todo lo que en su momento representaron la pareja interpretada por Javier Calvo y Adrián  Rodríguez. El problema de una pareja como Bruno y Pol es que gran parte de la simpatía que generaron fue por su atractivo físico y la nula presencia de feminidad. Más que un romance homosexual era un bromance, con idas y venidas basadas en una lucha de egos y pollas.

La otra cara de la moneda nos deja a Lucas y a Cris. SKAM España nació como una adaptación de la famosa serie noruega, y si en algo se diferenció de su predecesora nórdica fue en darle a Cris una  trama propia centrada en su bisexualidad sin descubrir, algo que, si no me equivoco, jamás se había tratado con tanto protagonismo en la televis ión española. El problema por el que no fue  una trama redonda (incluso con la presencia de un personaje con problemas mentales) fue la normatividad física y femenina de su protagonista, cuyo estilo y personalidad parecen homenajear a Bad Gyal. En cuanto a Lucas, digamos que se ha quedado en un intento banal de romper con lo masculino para degenerar en una nueva normatividad que  no sustituye a la ya establecida, sino que convive con ella. Es guapo, con un cuerpo delgado y facciones delicadas. Tiene un aspecto poco masculino, pero simpático y cute. No es afeminado, sino delicado, con una pluma tolerable para el espectador y muchas buenas intenciones (parece que no puede haber villanos gays). En resumen: es atractivo.

No hay verdadera diversidad. Apenas encontramos poco más de cuatro arquetipos de personajes LGBT, con casi nula presencia de personas trans.  Se sigue cayendo en el mismo error de siempre: el querer la aceptación de un público cada vez más heterogéneo y exigente, pero que de algún modo se conforma con unos  cuantos actores guapos y buenas intenciones. Pero ya estoy cansado de ello. Es hora de ser fieles a la realidad.

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