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EUROPA: la única alternativa

Las efemérides suponen una ocasión perfecta para recordar, incluso conmemorar, aquellos acontecimientos que marcan el devenir de la historia. Nos permiten rendir homenaje a figuras ilustres y establecer lugares comunes, triunfos colectivos como sociedad. Pero no solo eso. También nos brindan la oportunidad de detenernos, respirar y hacer bagaje de todo lo que llevamos recorrido. Reflexionar sobre las acciones que nos han llevado hasta el momento actual, admitir errores, constatar aciertos y decidir a dónde queremos llegar, y sobre todo, cómo hacerlo.

Siguiendo esta lógica, no pretendo con este artículo abarcar todas las facetas de la Unión Europea, tarea hercúlea donde las haya, ni detenerme en especificidades que nos hagan perder la visión en su conjunto. Por el contrario, mi intención es abordar la situación actual de la Unión Europea a través de sus pilares básicos, con una perspectiva general de cada uno de ellos. De este modo, trataré de perfilar un diagnóstico global de la Unión Europea, que nos lleve a una comprensión holística de la misma.

Hace exactamente 70 años, el flamante ministro de asuntos exteriores francés, Robert Schuman,  puso la primera piedra para construir el edificio que hoy es  la Unión Europea, tal y como la conocemos. La “Declaración Schuman” pretendía sustraer la gestión del acero y el carbón a los países de Europa (especialmente Alemania y Francia) y concedérsela a una autoridad común independiente, para así prevenir un posible rearme y evitar una nueva guerra en Europa. Desde ese primer hito fundacional, se ha producido un lento pero decidido proceso de integración europea, con la cesión de competencias de los estados miembros en pro de una institución predominantemente supranacional.

 

 

Durante estas siete décadas de evolución, la Unión Europea ha cosechado importantes victorias políticas, como la creación del mercado interior (al que me referiré más tarde), así como duras derrotas, como el fallido intento de aprobar una Constitución Europea, en 2004, además de la abrupta y desordenada salida del Reino Unido del club europeo.

 

Los grandes triunfos: paz, mercado único y poder normativo

En primer lugar, la mera existencia de la Unión Europea como institución ha logrado  un resultado que, aunque intangible, en absoluto debería ser menospreciado: la ansiada paz en el continente europeo. Desde nuestros abuelos, pasando  por nuestros padres  hasta llegar a nosotros, varias generaciones han disfrutado de un período de paz y estabilidad sin precedentes desde la Belle Époque. Europa se ha visto envuelta en varias encrucijadas desde la Segunda Guerra Mundial, como la crisis del petróleo de 1973 o la más reciente crisis económica de 2008, que, aunque desoladoras, no son equiparables a la devastación de un conflicto militar. La Unión Europea como instrumento para canalizar las tensiones entre los actores que participan en los procesos de toma de decisión ha supuesto la solución definitiva para crear un nuevo horizonte en el que una posible contienda militar ha dejado de ser nuestra Espada de Damocles.

En segundo lugar, la Unión Europea ha sido capaz de configurar un mercado interior, que se ha convertido en un elemento consustancial al proyecto europeo. Conviene realizar una puntualización: el mercado interior pretende rehuir un carácter puramente economicista, y se asemeja a un mecanismo de integración con una clara vocación política, es decir, como un medio para facilitar la creación de vínculos políticos.              La consecuencia inmediata de este mercado interior es la eliminación de las barreras entre los mercados nacionales, lo que se traduce en la libertad de mercancías, personas y trabajadores, servicios, y capitales.

Respecto al primer tipo de libertad, es positiva por 2 razones. En clave externa, supone la constatación de una unión aduanera, es decir, la imposición de un arancel aduanero común para los terceros países. Este elemento se presenta como indispensable para mantener una Política Comercial Común (una única voz ante terceros países), una materia capital para una institución con un volumen de transacciones comerciales 3 veces superior al de China, y  responsable de más de 30 millones de empleos. En clave interna, prohíbe la imposición de aranceles entre estados miembros, lo que favorece la competencia y la innovación. Cabe añadir la habilidad de la Unión para “exportar” sus propios estándares regulatorios a la hora de negociar con terceros países, debido al inmenso tamaño de su mercado.

En cuanto al segundo, permite el desplazamiento a todos los ciudadanos de la Unión presentando únicamente su carné de identidad (el Espacio Schengen); y la certidumbre de que ningún ciudadano será discriminado por razón de su nacionalidad a la hora de buscar un trabajo en cualquier estado miembro. La misma libertad encontramos en relación a la circulación de servicios y de capitales.

En tercer lugar, no debemos dejar de hacer hincapié en el poder normativo de la Unión Europea. El hecho de considerarse a sí misma como una organización defensora y promotora de las más altas aspiraciones humanas (la paz, la democracia, la libertad, el Estado de Derecho y los Derechos Humanos) le confiere una naturaleza especial que va más allá de un simple grupo de países que se unen para alcanzar unos objetivos cualquiera. Desde un punto de vista constructivista, esa capacidad de la Unión Europea para decidir qué es y qué no es ”normal” en la escena internacional es una importante fuente de poder, que le permite crear una narrativa favorable a sus intereses. Además, le aporta una legitimidad extra a sus decisiones y le permite aumentar su influencia sobre otros países.  La abolición de la pena de muerte en  Albania, Ucrania y Turquía constituye un ejemplo muy ilustrativo de esta faceta de la Unión Europea.

 

Los puntos débiles: déficit democrático, descoordinación fiscal, PESC y política energética

Una crítica recurrente a la Unión Europea ha sido su marcado déficit democrático.  Me interesa poner el foco sobre un hecho de suma importancia: la creación de órganos consultivos y de grupos de trabajo  que, pese a no haber sido elegidos directamente por los ciudadanos, toman decisiones políticas. El Comité de Representantes Permanentes (Coreper), órgano vital en la PESC, es el ejemplo más claro de este tipo de comportamientos, cuyos sujetos tienen un poder de decisión al que no acompaña su correspondiente rendición de cuentas.

Una posible reforma pasaría por una ingente tarea de clarificación de competencias, y posterior reasignación de responsabilidades, proceso que sin duda sería costoso y complicado, pero que arrojaría algo de luz a estos recovecos institucionales por los que la discrecionalidad y la arbitrariedad pueden aparecer sin previo aviso.

Un segundo abanico de críticas proviene de la falta de coordinación de la política fiscal de los estados miembros. Una descoordinación entre la política fiscal y la monetaria que ha originado dos tipos de disfuncionalidades: el primero tiene que ver con un criterio de eficiencia, al ser más viable estabilizar una moneda con un único sistema fiscal (o varios que sigan unos criterios comunes) que con veintisiete modelos diferentes. El segundo tiene que ver con el famoso dumping fiscal, por el que aquellos países que tienen un mayor margen de maniobra pueden ofrecer unas mejores condiciones (impuestos más bajos) y  lograr que las grandes empresas establezcan sus sedes sociales en ellos, de forma sistemática (véase el ejemplo de los Países Bajos e Irlanda). Por lo tanto, en el largo plazo esta situación degenera en una creciente desigualdad entre aquellos países con margen fiscal y aquellos que carecen del mismo, lo que atenta contra el principio de solidaridad y nos aleja de una Europa cohesionada.

Una posible propuesta sería un compromiso por parte de todos los países de la Unión para instaurar unos criterios comunes que, manteniendo la soberanía de los estados para establecer sus propios sistemas fiscales, lograran una mínima coherencia en su conjunto.   Discutir sobre la viabilidad de un sistema fiscal único en todos los países de la Unión escapa al objetivo de este artículo, aunque sin duda es ahí donde reside la clave de la cuestión.

Otro aspecto muy discutido es la denominada PESC (Política Exterior y de Seguridad Común). En el proceso de integración, todos los estados se han visto obligados a ceder en el ejercicio de sus competencias, pero como el lector puede imaginar, la política exterior constituye un aspecto especialmente delicado y en el que los estados miembros se mueven con particular precaución. La principal diferencia de la PESC respecto de la mayoría de políticas de la UE reside en su método de toma de decisiones: se pasa del “método comunitario” (el ordinario, el más empleado)  al “método intergubernamental”.  Este último otorga un mayor peso al Consejo de la Unión Europea y al Consejo Europeo (las instituciones no elegidas por los ciudadanos) e incorpora el requisito de la unanimidad como la regla general. ¿El resultado? Un obstáculo casi insalvable para adoptar decisiones conjuntas (ya ni hablemos de actuar con rapidez ante situaciones de emergencia) y menor legitimidad, al jugar el Parlamento un papel muy reducido.  Por consiguiente, parece que la capacidad de articular una verdadera política exterior común queda muy lejos del alcance de la Unión Europea, con las consecuencias que eso conlleva (tómese la descoordinada respuesta ante la crisis de los refugiados como ejemplo, además de la guerra de Yugoslavia e Irak).

Por último, me gustaría dedicar un breve párrafo a la Política Energética de la Unión Europea. Actualmente, la UE importa casi un 39% de su gas de un aliado tan poco fiable como Rusia, cuya premisa esencial en su política exterior consiste en alentar cualquier foco posible de desestabilización en Europa. Esto sitúa a la UE en una situación de excesiva dependencia y por ende de vulnerabilidad ante cualquier giro inesperado del panorama internacional (especial riesgo corren los países limítrofes con Rusia, como Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria, cuyas importaciones ascienden a más del 75%). Al igual que la crisis de 1973 nos enseñó que no podíamos depender de la OPEP para el abastecimiento internacional de petróleo, tampoco ahora podemos depender de Rusia en una industria clave como es la energética. Vislumbrar otras alternativas pasa necesariamente por un intento de diversificación, que se aventura muy complicado.

 

Riesgos: populismos y nacionalismos

La crisis económica de 2008 derivó en una fuerte crisis social, cuya traducción política se ha materializado en la aparición de las llamadas “democracias iliberales” y en el retorno de “los hombres fuertes”.  Estas figuras semi-carismáticas polarizan a la sociedad, realizando una división ficticia entre “la voluntad general del pueblo” y una “élite” tecnocrática y política que ha secuestrado la soberanía nacional; y por supuesto, autoproclamándose ellos los redentores de la política. Cada uno de estos movimientos presenta unas peculiaridades propias, pero todos comparten algo en común: su aversión por el principio de representatividad, por el liberalismo, por el papel de las instituciones y por la complejidad de la realidad.  Y eso es precisamente lo que encarna la Unión Europea, por lo que deberá dar una respuesta firme ante la amenaza de los Orbán, Salvini, Le Pen y sus homólogos. La UE debe ser consciente de que existe un cierto sentimiento de indolencia respecto a las instituciones europeas, y que es su obligación acabar con esa visión burocrática de la Unión según la cual, un conjunto de hombres y mujeres perfectamente trajeados se reúnen en Bruselas para decidir el destino de los países miembros, sin saber muy bien cómo y sin saber muy bien porqué.

Respecto a los nacionalismos, supone un auténtico contrasentido que en la era de la globalización, la democratización de la información, el libre comercio y las instituciones supranacionales, haya quienes se mantengan enquistados en la estrechez de miras, en seguir poniendo la etnia al servicio de los privilegios, en construir más fronteras y en levantar más muros. Aquellos que no solo no se han percatado del enorme impacto que la globalización conlleva sobre el modelo del estado-nación, sino que además pretenden seguir achicando su espacio, en lugar de ensancharlo. Es esa vuelta al debate provinciano, al esencialismo, al tribalismo, al poblado, al hecho diferenciador que quiere verse traducido en prebendas y privilegios.

Para enfrentar ambos peligros, la respuesta de la UE debe estar capitaneada por la democracia, entendida esta como la clarificación de competencias y asunción de responsabilidades, la rendición de cuentas, el empoderamiento de las instituciones elegidas directamente por los ciudadanos (El Parlamento Europeo), el acercamiento de las propias instituciones a los ciudadanos, el aumento de mecanismos para que estos puedan tomar una parte activa en la Unión, una representatividad que vaya más allá de la mera formalidad (es decir, que incorpore criterios elementos sustanciales y materiales) y la cooperación entre todos los actores que la conforman.

 

Tras 70 años de existencia, creo que no es descabellado afirmar que la Unión Europea, con sus aciertos y sus errores, constituye una historia de éxito. Sin embargo, igual de histórico sería el error si cayese en la autocomplaciencia, en la desidia y en la conformidad. En estas líneas he intentado esbozar las principales fortalezas, puntos de mejora, posibles propuestas y riesgos que la Unión Europea deberá afrontar en las próximas décadas, erigiéndose como dique de contención frente a populistas y nacionalistas. Tener aprecio, al fin y al cabo, no significa realizar una defensa sin ambages en este caso, de la Unión Europea, sino de intentar realizar una crítica constructiva, sabiendo que el camino a la integración no se producirá de forma lineal, sino con retrocesos, bifurcaciones, impasses y desavenencias. El camino es angosto y está lleno de peligros, y precisa de grandes dosis de finezza.  Aunque, como diría Schuman: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”.

 

Luis Doménech Moya (Cuenca, 1998). Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III, además de complementaría en Estudios Internacionales. Consciente de la enorme complejidad del mundo en el que vivimos, está convencido de que solo con un conocimiento multidisciplinar y una visión globalista del mismo podremos comprender los fenómenos que se desarrollan a nuestro alrededor, de ahí su interés en profundizar en las leyes, la política y el ámbito internacional. Su deseo por cambiar el mundo que le rodea le ha llevado a tomar parte activa en la delegación de estudiantes y en diversas asociaciones universitarias. Apasionado de la Historia Contemporánea, el Derecho Constitucional y la Unión Europea.

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