preloader

LAS ELECCIONES DE LA SORPRESA EN AUSTRALIA

Eurovisión no fue lo único comentado en Australia la noche del 18 de mayo, y es que el país “ingobernable” en el que, desde 2007, ningún primer ministro ha agotado la legislatura volvía a votar en unas elecciones generales, las cuartas en esta década.

Scott Morrison, quien se convirtió en primer ministro sustituyendo en el puesto a Malcolm Turnbull debido a tensiones internas en su partido, convocó elecciones anticipadas para la Cámara de los Representantes el pasado 10 de abril. 16,4 millones de ciudadanos estaban llamados a votar esta vez, una acción de carácter obligatorio en Australia.

Si algo caracteriza la política australiana es que siempre ha consistido en un laboristas contra el resto. El Partido Laborista Australiano fue el primer partido formado en el país en la década de los noventa a finales del siglo XIX. También fue el único de los partidos actuales que obtuvo representación en las primeras elecciones al parlamento en 1901. El Partido Liberal y el Partido Nacional, por su parte, funcionan como una coalición prácticamente desde la formación del Partido Liberal en los años cuarenta.

Durante todas estas décadas, ambas formaciones – la coalición por un lado y el Partido Laborista por el otro – se han alternado en el gobierno. Desde las elecciones de 2013, la coalición conservadora ha estado en el poder; pero varias trifulcas internas han provocado que durante los últimos seis años haya habido tres distintos primeros ministros. No obstante, dichos conflictos no impidieron que volvieran a ganar las elecciones en el año 2016.

Las de este año iban a ser unas elecciones marcadas, sobre todo, por el cambio climático y la política económica. El país parecía estar cansado de los recortes y de la poca acción gubernamental ante los problemas medioambientales. El cambio climático, en concreto, es considerado la mayor amenaza para el 64% de los adultos según las últimas encuestas. Sin embargo, ninguno de los partidos, a excepción de los verdes, ha sabido sacar partido de ello en su campaña electoral.

Todo apuntaba a que iba a ser un gran día para Bill Shorten, líder de los laboristas que llevaba ya cinco años y medio liderando la oposición. Prácticamente todas las encuestas lo daban vencedor. De esta forma, se pondría fin a seis años de gobierno de la coalición formada por el Partido Liberal y el Partido Nacional para dar paso a un gobierno progresista de la mano del Partido Laborista. Se trataba de unas elecciones, a simple vista, bastante predecibles. Sin embargo, una vez más, la realidad fue muy distinta. Con el 85,1% escrutado, está claro que coalición ha vuelto a ganar las elecciones; pues cuenta con 77 escaños en la Cámara de Representantes frente a los 66 que ha conseguido el Partido Laborista. Se prevé que al finalizar el recuento llegará a alcanzar los 78 escaños, siendo 76 los necesarios para poder formar gobierno.

Así, Shorten anunciaba en su comparecencia en la noche de las elecciones que había felicitado a Morrison por la victoria, siendo consciente de que no contaría con los números necesarios para gobernar. Asimismo, comunicaba su decisión de no repetir como candidato, presentando también su dimisión. Y es que muchos apuntan a que el motivo de la derrota laborista podría ser su líder, debido a una larga trayectoria política en la que no ha logrado ganarse la confianza de la mayoría del electorado. Mientras había una mayoría que prefería al Partido Laborista, Morrison se colocaba como la opción preferida en cuanto a liderazgo.

El actual primer ministro ha sabido aprovechar las dudas que su adversario podía crear. Su campaña se ha basado, en gran medida, en atacar a Shorten creando un ambiente de incertidumbre sobre la viabilidad de su programa. Uno de los errores más destacados ha sido el intento de abarcar demasiados aspectos en una campaña electoral que requería de mayor concisión para atraer el voto.

Pese a los factores comentados, el resultado electoral dejó a todo el país perplejo. Incluso el mismo Morrison se mostró sorprendido ante el resultado, afirmando, aún así, que siempre había creído en los milagros. La sorpresa ha sido tal que se ha llegado a comparar con el Brexit y con las elecciones estadounidenses de 2016 que llevaron a Trump al poder. Si bien es cierto que no son casos semejantes al no suponer un cambio tan drástico y no contar con el impacto global que los casos mencionados tienen, dichas comparaciones dejan claro que la ciudadanía australiana para nada se esperaba lo ocurrido.

Otra de las grandes sorpresas de esta jornada electoral fue la pérdida del escaño de Tony Abbott, ex-primer ministro conservador que fue sustituido en el cargo por Turnbull tras trifulcas internas en 2015. Abbott fue entonces acusado de tomar decisiones de manera unilateral e incluso los propios miembros de su gobierno votaron en su contra. Por tanto, parece que una gran parte del partido se habrá alegrado de su derrota. Llevaba 25 años manteniendo su escaño en el distrito de Warringah y ahora lo ha perdido en favor de la candidata independiente Zali Steggall. Precisamente Abbott dio con una de las claves del resultado en su discurso de despedida: la batalla sobre el cambio climático. Como él mismo afirmó, cuando se mira al cambio climático como un problema moral, los conservadores tienen las de perder. En los distritos más ricos, los habitantes pueden permitirse afrontar las elecciones pensando en cambios sociales o medioambientales, pues sus necesidades económicas se encuentran saciadas. Abbott representaba la inacción y el escepticismo. Steggall, por el contrario, centró su campaña en tomar medidas protectoras hacia el medio ambiente. No obstante, no se puede reducir su derrota a este tema, puesto que el voto que ha llevado a la victoria de Steggall también pudo ser, en parte, un voto en contra de Abbott con el simple objetivo de echarlo.

Por otro lado, tampoco Clive Palmer salió ganando. El líder de “United Australia Party” invirtió cerca de 60 millones de dólares australianos en su campaña electoral. Probablemente

no quede nadie en Australia que no se haya topado con una incontable cantidad de anuncios al día pidiendo el voto para “hacer Australia grande“, tanto en la calle como en las plataformas digitales. No obstante, la derrota de este partido ha beneficiado, al mismo tiempo, a la coalición; pues debemos tener en cuenta que en Australia el voto es preferencial. Por tanto, el 3,4% de votos dirigidos a al partido de Palmer han terminado convirtiéndose en más votos a los liberales y nacionales. Pese a ello, Palmer se mostró contento de que al menos los laboristas no llegaran al poder y se enorgulleció de haber contribuido a su derrota.

Tal vez la única no sorpresa fue la retención de un escaño por los Verdes Australianos, que tampoco consiguió aumentar su representación. Desde 2010, cuenta con 1 escaño en la Cámara Baja. Se trata del partido minoritario más importante en la actualidad, y entre sus objetivos se encuentra el de desafiar el bipartidismo australiano.

Sin embargo, al menos de momento, no parece que el cambio que muchos australianos esperan vaya a ser posible.

Te puede interesar..

Usamos cookies para mejorar tu experiencia en nuestra web.