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El mito de Europa

El éxito de las negociaciones de adhesión con Albania y Macedonia (del Norte) parecían muestra de que el proyecto europeo todavía generaba confianza. Sin embargo, la crisis del coronavirus ha dejado en evidencia a las potencias europeas. Su sueño ya no se justifica con la mera solidaridad, y los proyectos de ampliación pierden su razón de ser cuando países históricos de la Unión Europea son incapaces de actuar en favor de esa solidaridad que tanto habían destacado.

La Unión Europea se ha manifestado, una vez más, como el tablero donde se enfrentan los postulados financieros de Francia y Alemania. Las profundas diferencias económicas que ambos países llevan arrastrando desde la creación del euro vuelven al juego como una expresión de la vieja dinámica capitalista que enfrenta y crea frágiles alianzas entre sus élites políticas. No sería erróneo decir que la Unión Europea es el resultado de la evolución propia del capitalismo, un nuevo escenario donde las élites nacionales generan lazos y enfrentamientos con el mercado como el mayor beneficiado de su modelo político soñad o.

In varietate concordia. El sueño de Víctor Hugo.

Si algo destaca el materialismo histórico es que la cultura no es ajena a la dominación política. El devenir de un proyecto cultural viene determinado por quiénes ocupan el poder político del Estado. Por supuesto, la ilusión europea no es una excepción, y esto se hace evidente si atendemos al elemento más anecdótico de este relato como es el lema de la Unión Europea: “Unidos por la diversidad”. Sin embargo ¿qué diversidad hay en nuevo modelo político cuyo enfoque es puramente económico?

El vanagloriado discurso de Victor Hugo de 1849 hace muestra de que dicho proyecto no se basa en la identidad europea de todos los pueblos, ni tampoco en la diversidad del continente, sino en la concepción de Europa como centro industrial y potencia imperialista.

Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín, entre Viena y Turín, como es imposible y parece absurda hoy entre Ruan y Amiens, entre Boston y Filadelfia. Un día vendrá en el que vosotras, Francia, Rusia, Italia, Inglaterra, Alemania, todas vosotras, naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintivas y vuestra gloria individual, os fundiréis estrechamente en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea, exactamente como Normandía, Bretaña, Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias, se funden en Francia.

Víctor Hugo, 1849.

Si bien es cierto que el mapa europeo difería bastante del que hoy conocemos, no es erróneo afirmar que Victor Hugo concebía una Europa en torno a las potencias capitalistas del río Rin, a excepción de Rusia. Para él, Europa se construiría bajo el liderazgo de dos rivales históricos como son Francia y Alemania, y que incluso sería necesario una situación de guerra previa para lograr la paz europea. Los acontecimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial parecen dar la razón a los ideales utópicos del escritor francés.

“Se llamará Europa en el siglo XX y, en los siglos siguientes, más transfigurada entonces, se llamará Humanidad”, rezaba Víctor Hugo en el clímax de su discurso.

Y es que Europa ha sabido construirse a sí misma como ejemplo dedemocracia y libertad, un recuerdo renacentista que deja a la Unión Europea como modelo futuro para el resto del mundo. Pero la paz de la que hace gala no se consagra por el sentir humanitario, sino por el comercio y la industria del capital, la cual es también motivo de los conflictos bélicos y diplomáticos. Esta paradoja solo es explicable si reconocemos que el poder político por excelencia (es decir, el Estado) no pertenece al pueblo sino a la élite dominante: la burguesía.

La brecha europea y la ilusión democrática.

La crisis del coronavirus ha puesto de nuevo sobre la mesa la dicotomía entre norte y sur. Se afirma que falta solidaridad, e incluso hay quien señala cierto clasismo en las actitudes de los países del norte y centro de Europa contra las naciones mediterráneas. Los más idealistas apuestan, incluso, por un Brexit a la española. Sin embargo, no podemos caer en demagogias, y menos cuando dichas soluciones también pasan por un control del estado por parte de la clase dominante.

El Brexit surge, no como reclamación popular, sino como consecuencia de las discrepancias que élites financieras británicas y europeas arrastraban desdehacía décadas. Por tanto, no se trata de una acción popular que permita la dominación del estado por parte de los trabajadores, sino que es una nueva manifestación de la dinámica capitalista. Abogar por una alternativa similar para los estados del sur no es sinónimo de emancipación obrera, por lo que no sería una solución factible ni mucho menos deseable (sin contar, por supuesto, con sus nefastas consecuencias socioeconómicas).

Y si bien es cierto que dicho acontecimiento fue amparado por la sociedad británica a través de un referéndum, no sería erróneo afirmar que todo ejercicio democrático dentro de un modelo capitalista no es plenamente igualitario. De hecho, la supervivencia de un proyecto político necesita, en ocasiones, de legitimidad popular; pero esto no significa que toda decisión ratificada por el conjunto de la sociedad sea producto de la dominación popular del poder político. La Unión Europea no ha sido ajena a esta dinámica democrática. Su fallido intento de Constitución Europea es ejemplo de cómo para su propia supervivencia necesita del amparo democrático.

Pero esta no es la única herramienta que usar para dar legitimidad a sus proyectos. Si el grupo que domina el poder político dirige también la economía, hará lo mismo con la cultura y la educación. Uno de los éxitos de la Unión Europea fue la consolidación de la libre circulación de personas tras los acuerdos de Maastricht y Ámsterdam en los años noventa. Sin embargo, el origen de esto no nace de ese principio de democracia e igualdad, sino de la necesidad de abrir nuevos mercados y el florecimiento del neoliberalismo tras la caída del bloque socialista. La libre circulación de personas no es más que la consecuencia del verdadero objetivo europeo, que era la libre circulación de mercancía y capital. Dicho de otro modo, no es el individuo europeo el que crea el mercado, sino que es el mercado europeo el que crea al individuo.

Otro de los llamados éxitos de la Unión Europea (que no son como tal o al menos no se rigen por los principios que promulgan), sería el programa Erasmus. Se trata de una

realidad académica ya consolidada en el ámbito universitario, y a pesar desu popularidad, no es ajena a las dinámicas capitalistas de la Unión Europea, pues uno de los fines públicos de dicho programa es la consolidación de la identidad europea. Y es que, si se consigue generar una cultura común a toda una sociedad, será más factible ejercer sus aspiraciones políticas con el amparo de la identidad. Resulta destacable el hecho de que dicho programa académico sigue sin estar al alcance de miles de estudiantes, ya que el coste que supone participar en su programa no es asequible para multitud de familias. Tal vez porque su objetivo no sea, en verdad, el pleno desarrollo cultural del individuo bajo unos valores europeos, sino la preparación de mano de obra acorde a las demandas que requiera el mercado. Se genera, así, una importante brecha social que contradice ese proyecto de solidaridad e igualdad que tantas veces se ha defendido desde el europeísmo.

El futuro europeo

No niego las virtudes que guarda la Unión Europea. De hecho, son esas virtudes las que permiten que el proyecto europeo sea capaz de solventar sus aparentes problemas institucionales, y que estados de la antigua órbita socialista aspiren a esa idea de una Europa unificada. Sin embargo, no puedo si no acusar de su evidente falta a la verdad.

No se trata de destruir el ideal de unidad europea, sino señalar qué elementos han provocado que dicho ideal se geste de la manera en que se ha hecho. Porque el objetivo internacionalista de la sociedad europea debe estar presente en todo ideario político que se defina de izquierdas. Pero hay que tener presente que para hacer realidad ese proyecto de una Europa social, plenamente democrática e igualitaria, es necesaria la conquista previa del Estado por parte de la clase trabajadora. Solo de esta manera se puede configurar un proyecto europeo sólido que sirva de ejemplo para otras naciones y estados que aún no son capaces de resolver sus diferencias históricas.

Ahora bien, debemos admitir que la Unión Europea es un proyecto ya asentado, y que modelos de secesión como el Brexit no pueden ser ejemplo para ningún estado miembro que confíe en otro ideario político, como tampoco es ejemplo la Unión Europea de libertad política, al menos no por sí misma. El tiempo dirá cómo y cuándo se gestará dicho proyecto europeo.

 

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