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DE LA BRUJA AVERÍA A ROSALÍA: el desapego político de la cultura

El mundo necesita de iconos, y los mismos se construyen a través de la ideología dominante. La cultura (no solo entendida como expresión artística, sino también como ocio y entretenimiento) arropa dicha iconografía, lo que históricamente ha supuesto un reflejo de la realidad política existente, ya fuese por medio de la crítica social o la validación. Esta relación, sin embargo, se ha visto relegada al ostracismo ante un absurdo ideal que pretende concebir una realidad cultural ajena de toda significación política. Esto supone negar la naturaleza de cualquier realidad social: que las relaciones entre los
individuos de una sociedad suponen, por sí sola, una relación política.

Los artistas no son ajenos a dicha dinámica. Sea intencionado o no, la iconografía pop que generan son una traducción de la deriva política de las masas; esto incluye, por supuesto, la tendencia apolítica del consumo pop. Si echamos un vistazo al panorama musical millennial y posmillennial, vemos una oleada de nuevos artistas que se enmarcan en una estética similar o que cumplen con una determinada deriva ideológica. Cantantes y grupos como Taburete, Pol Granch,   Guitarricadelafuente, Dvicio o Sofía Ellar se hacen eco de la nueva estética instagrammer, y aunque parecen estar  alejados de la actualidad política, tampoco esconden su afinidad por la derecha liberal, la cual manifiestan en pocas
palabras o con la mera estética denominada “cayetana”. De este modo, asumen ese ideal neoliberal de la despolitización política sin renunciar a ser iconos de un grupo ideológico ya convertido en cultura suburbana.

Algo así sucede también con la izquierda progresista, a través de artistas como Amaia, Lola Índigo, Miki o Cepeda. En este caso, hablamos más concretamente de aquellos artistas nacidos de fenómenos audiovisuales como Operación Triunfo. La
asociación con lo progresista surge, precisamente, de crear un espacio a través de la televisión pública dedicado a los jóvenes, donde temas como el feminismo o lo LGBT no supongan un tabú. Y si bien la edición de 2017 tuvo mayor atención mediática y comercial, es en la siguiente donde se abordan nuevos debates políticos que causan gran escozor (la legitimidad de Israel o el significado de la palabra mariconez). Pero su mecánica no se aleja mucho de la expuesta anteriormente. Es más, la polémica que pudieran generar termina reduciéndose a una mera anécdota. Y es que, si bien adoptan una actitud política más evidente, esta se centra en lo meramente reformista, repitiendo consignas en redes sociales que poco más pueden aportar, pero que les permite posicionarse sin que ello suponga un mayor sacrificio político.

Así, defender al colectivo LGBT, denominarse feminista o criticar a la ultraderecha se convierte en un accesorio más de su propia identidad como artista. Pasear por una gala de los Goya con abanicos rojos, trajes que muestran la diversidad de cuerpos y sobacos sin depilar, terminan vaciándose de todo significado y se transforma en un motivo más de la  personalidad del ser artista. Incluso podríamos encontrar un tercer grupo que, de modo general, se atreven
a jugar con la identificación política como forma de reafirmar su propio sello,tergiversando la realidad, alejándose de la deriva partidista y realizando juegos de palabras que les permite reafirmar la construcción de un personaje con su propia realidad (tal es el caso de C Tangana o Yung Beef).

En general, todo aspecto político termina reduciéndose a lo meramente estético, y esto impide que pueda desarrollarse una vanguardia social en torno al consumo de masas. Un lenguaje recurrente entre millennials y posmillennials es la toma de viejos artistas y su reivindicación política. Así, figuras apolíticas que pudieran ser afines al régimen franquista como Rocío Jurado o Lola Flores se convierten en auténticos iconos progresistas. Rescatan que, aun cuando la sociedad todavía arrastraba ideales conservadores, se mostraron cómplices del feminismo, la lucha LGBT o la integración de los gitanos. Esto deja en evidencia la deriva política de los nuevos artistas. Frente al atrevimiento de antiguas representantes del franquismo, nos encontramos ante la cobardía de los hijos de la posmodernidad. Tras el éxito electoral de Vox en las elecciones del 10-N, la cantante Rosalía, la más icónica de su generación, manifestó su opinión en redes con dos palabras: Fuck Vox. El debate estaba servido. Pero cuando fuera de las redes, medios de comunicación intentan rascar un poco más de esa manifestación política, nos encontramos con una Rosalía acobardada que no ve razón para mostrar  posicionamiento. “Necesitaría muchas horas”, declara. Un tiempo que ella sabe que nunca va a tener, pero
que tampoco buscará. 

Este estado de orfandad política no es exclusivo de la música. Una actitud recurrente es la reivindicación de clásicos televisivos como Aquí no hay quien viva, Aída o 7 vidas. Dichas series, todas ellas nacidas y emitidas entre 1999 y 2006 (Aunque Aída duró hasta 2014) buscaban un enfoque real de la sociedad española, donde había un espacio crítico sin caer en la simple parodia o la ridiculización, dando voz a realidades como la lucha LGBT o la violencia de género, o lanzando agudas críticas a la clase política y la sociedad capitalista. Así, personajes como Belén López (interpretada por Malena Alterio), una joven que apenas llega a fin de mes y está siempre en busca de trabajo, o Soledad Huerte (Amparo Baró), comunista declarada y republicana, terminan transformados en iconos obreros para una generación que se encuentra huérfana de sus propios iconos políticos. Y es que nuevas programaciones como Élite o Merlí se reducen a meras manifestaciones del atractivo físico de sus actores y, de vez en cuando, alguna crítica progresista disfrazada de drama y mucho sexo.
Esto, sin embargo, no fue una regla general. Si bien todos estos ejemplos culturales pueden catalogarse dentro del llamado “consumo de masas”, se tratan más bien de excepciones que pudieron sobrevivir a la despolitización. No mucho antes, la sociedad española parecía recuperarse de la influencia cultural de la Movida madrileña, a la que nostálgicos señalan como toda una revolución sin armas, pero que de revolucionario (al menos, en su sentir político) tuvo bastante poco.

La llegada de la democracia trajo consigo una nueva doctrina cultural. Los niños nacidos en la España en gris y con bata de cola, ahora eran jóvenes idealistas con ansias de libertad y hedonismo. De este modo, y tras aquel concierto homenaje de la banda Tos (más adelante, Los secretos), nace una nueva vanguardia cultural que rompe con la estética del régimen franquista. Pero dicha vanguardia cultural no se expande por sí misma. Frente a una UCD que representaba el reformismo y la moderación de la nueva España, se abre paso un renovado PSOE que aboga por la juventud y la rebeldía como símbolo de futuro. Así, el mecenazgo de dicho movimiento corre a cargo de decenas de ayuntamientos que vieron en la Movida
una oportunidad electoral. Aquella mítica (y criminal) frase de Enrique Tierno Galván resume a la perfección la verdadera naturaleza de la Movida madrileña: “El que no esté colocado, que se coloque”. Cuando uno piensa en la cantidad de jóvenes muertos por sobredosis y la situación de los barrios obreros ante el problema social que supuso la droga en los ochenta, no puede ver más que banalidad e hipocresía en sus palabras.

Pero al mismo tiempo que el PSOE acogía la nueva generación de artistas, el PCE hacía lo propio con los iconos de la canción protesta como Ana Belén (que posteriormente prestaría apoyo a Zapatero). Entendiendo, pues, el enfoque liberal y reformista de la nueva corriente cultural, no resulta extraño el giro de algunos de sus protagonistas hacia la derecha liberal del PP (como es el caso de Alaska), el rechazo a nuevos movimientos feministas (Loles León) o la adopción de ideales negacionistas y anticomunistas, más propios de la ultraderecha (como Miguel Bosé, icono de la androginia y la revolución
sexual durante los años ochenta). Otros tantos se unirían posteriormente a la Plataforma de apoyo a Zapatero en 2008, arropados por ese ideal de la Nueva Izquierda, reformista pero liberal (como el espíritu de la Movida). La derecha de Aznar haría lo mismo, arropándose de iconos culturales como Julio Iglesias, Rafael o Carmen Sevilla, que nunca dejaron de manifestar su nostalgia franquista, aunque recibieron el calor de la democracia con entusiasmo.

Pero la explosión artística de la Movida madrileña no se redujo a lo musical, y rápidamente se extendería a toda clase de disciplinas, incluida la programación infantil. Y es ahí donde se aprecia la farsa de la llamada revolución sin armas.
En 1984, se estrena en TVE el programa La bola de cristal, conducido por Alaska y que estuvo en antena hasta 1986. Su brevedad no impidió que se convirtiera en todo un símbolo de la Movida madrileña y, también de la farsa revolucionaria que la acompaña. Y es que, lo que al principio fue una simple programación infantil, pronto se convirtió en un espacio de crítica contra el sistema capitalista y la sociedad de los años 80.  Sus protagonistas, los Electroduendes, vociferaban toda clase de  reproches contra el gobierno de Felipe González a través de rimas fáciles y pegadizas; incluso, se atrevían con las políticas neoliberales de Tatcher y Reagan y a amenaza nuclear. La Bruja Avería, villana de La bola de cristal, se convertía en una alegoría del régimen capitalista con frases tan  míticas como “Ponen mucho esmero los banqueros y los pobres sufren serios quebraderos”, “¡produzco crisis y ruinas!… y la razón nadie la divina” o “¡Viva la economía! ¡Viva la guerra fría!”. De este modo, el carácter revolucionario de la Movida, hasta entonces, meramente estético, se estaba volviendo en contra de su propio mecenas.

No paso mucho tiempo hasta que la entonces jefa de RTVE, Pilar Miró (advertida por la cúpula del PSOE) señalase a los guionistas del programa (entre ellos, marxistas declarados) la deriva “excesivamente politizada” de su programa. Ante la negativa de sus creadores para cambiar el tono, TVE canceló el programa con el beneplácito del gobierno. 

La Movida había muerto.
¡Viva el mal! ¡Viva el capital!

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