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Teatro, nada más que teatro

 

Rondando la navidad de 1931, se presentaba en la Universidad Central de Madrid -hoy en día la Complutense- el que probablemente haya sido uno de los proyectos culturales más innovadores y humanos de la historia de España. Federico García Lorca, junto con Eduardo Ugarte, hacía gala de su indudable visión de futuro al presentar el Teatro de La Barraca como una forma de hacer llegar las obras clásicas de las letras españolas a los rincones más recónditos de un país que soñaba con despertar poco a poco del sueño de la incultura y el caciquismo. Apenas un año después, la compañía, compuesta por nombres tan célebres como Modesto Higueras, Maria del Carmen García Lasgoity, Luis Buñuel y hasta el propio Dalí, comenzó a rodar por los caminos de la España más rural que conoció el siglo XX.

Algunos creen que el Teatro de La Barraca, así como las Misiones Pedagógicas que tenían lugar de forma complementaria a este, fueron un instrumento de la República para generar cohesión y conciencia sobre un sistema político que se tambaleaba desde sus orígenes. Éste fue siempre un tema controvertido para su director, García Lorca, que negó esta afirmación aduciendo que el Teatro de La Barraca era “teatro nada más que teatro”, a pesar de ser financiado directamente por el gobierno republicano. Podemos creer estas palabras si partimos de la idea de que en la cabeza de Lorca existía un propósito superior: la necesidad de regenerar la escena española, pues como también decía era un teatro “de y para puercos”.

El teatro de La Barraca venía ser la ruptura con las representaciones que se estaban realizando hasta el momento, que eran altamente elitistas y poco moralizantes, al estar divididas desigualmente la escena entre teatro comercial, de gusto burgués, y teatro innovador, enmarcado en las vanguardias y de dificil acceso, quedando las clases populares en todo momento fuera del mundo cultural. No obstante, Lorca insistía en que esta renovación debía darse según los criterios de una autoridad superior al público, citando literalmente sus palabras:

“El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro[…] Al público se le puede enseñar, conste que digo público, no pueblo; se le puede enseñar, porque yo he visto patear a Debussy y a Ravel hace años, y he asistido después a las clamorosas ovaciones que un público popular hacía a las obras antes rechazadas. Estos autores fueron impuestos por un alto criterio de autoridad superior al del público corriente, como Wedekind en Alemania y Pirandello en Italia, y tantos otros.”

Siguiendo con esta idea, el genio granadino pretendía regenerar el teatro de los años treinta mediante  el nuevo Teatro Universitario, cuyo máximo representante era el Teatro de la Barraca, nacido en la célebre Residencia de Estudiantes de Madrid. Éste volvía la vista atrás, regresando a las raíces más profundas de la escena española. Se puso así el foco de mira en el siglo de Oro y sobre todo en la comedia nueva de Lope de Vega, pues nunca el teatro floreció tanto como bajo su pluma. Es por eso que se dice que la Barraca era lopista, y esto no debería extrañarnos cuando al estudiar su repertorio vemos que Fuenteovejuna era la obra central de todas las funciones.

Sin embargo, el uso de esta obra como referente, en la que la presencia del poder popular consigue acabar con los abusos de ciertas figuras de autoridad, puede hacernos pensar otra vez, y en contra de lo que decía Lorca, que el teatro de la Barraca en realidad sí que perseguía un fín político para con la República. Además, hay que tener en cuenta que la figura del Rey -que en la obra original de Fuenteovejuna es quien confirma la resolución del conflicto- se omite en los libretos adaptados por Lorca, dejando al pueblo de Fuenteovejuna como único garante de la justicia y reforzando el valor de la unión popular que sustentaba la forma de gobierno republicana. Siguiendo esta tesis, también es llamativo que el género escogido, la comedia nueva, supuso la generación de un teatro de masas con alto contenido moralizante en el siglo XVII, lo cual no debió pasar desapercibido a Lorca.

En relación al resto del repertorio, García Lorca escogió  obras de Cervantes y Calderón por ser “Norte y Sur del teatro”, tal y como dijo en su conferencia en el Paraninfo de Madrid.  Es decir, dos caminos opuestos de los cuales derivan todas las obras teatrales escritas a partir del siglo XVII. No obstante, la elección de obras clásicas no impidió que el elenco experimentara con la escenografía y los trajes, que en ocasiones representaban el mundo contemporáneo, siguiendo el estilo vanguardista que defendía su director.

La Barraca fue, por lo tanto, un proyecto que iba más allá de llevar el teatro a las zonas rurales, este era más bien el propósito del teatro del pueblo, incardinado en las misiones pedagógicas. El teatro de la Barraca era un ejercicio por hacer del teatro español un espacio más amplio, de mayor contenido y más adecuado al ritmo europeo, al que España tardaría aún muchas décadas en adaptarse. El fin de la República frustró ese sueño, así como tantos otros. Sin embargo, la esencia de este proyecto no murió, pues sembró la semilla del teatro itinerante, que aunque con fuertes censuras, consiguió sobrevivir a los duros años posteriores.

Marina Rodriguez Riquero

 

[1] Moreno Báez, Enrique: «La Barraca»: Entrevista con su director, Federico García Lorca. Revista de la Universidad Internacional de Santander , nº 1, 1933.

[2] F. Cabal, Ricardo: «Charla con Federico García Lorca», La Mañana . León, 12 de agosto de 1933.

[3]   “Charlas sobre teatro”. Conferencias . Recuperado de: http://usuaris.tinet.cat/picl/libros/glorca/g1001201.htm

[4]   Huerta Calvo, Javier : El ejemplo de La Barraca: Teatro, universidad, utopía . Instituto del teatro de madrid. Centro virtual cervantes. Recuperado de: http://cvc.cervantes.es/literatura/lorca_america/lorca_utopia.htm

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